El Festival Tomavistas ha vuelto a la parrilla festivalera de forma impecable y esperemos que sea para quedarse. La mera entrada al recinto ya causó buena impresión. El parque Enrique Tierno Galván es una joya de la capital que muchos desconocíamos: amplios espacios de verde césped donde relajarse, árboles  que arrojaban necesarias sombras en las horas de más calor y un teatro que habría podido albergar una marea inmensa de asistentes. No fue necesario ocuparlo por completo, aunque el domingo, día de acceso gratuito, las gradas estuvieron bien pobladas. Aun así, la asistencia fue notable, pues el Tomavistas era el evento que la modernidad madrileña no quería perderse, si bien los perfiles de público fueron muy diversos. Al idílico paraje se sumaba una oferta gastronómica en boga como son las food trucks y, por encima de todo, una apuesta musical por bandas con personalidad, de esas que habitan la ribera menos mediática de la escena independiente.

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Guadalupe Plata entre la bruma pantanosa

El viernes 20 comenzaba la fiesta. Bam de Lam fueron los encargados de inaugurar el festival cuando los asistentes aparecían aún con cuentagotas. Con un escenario similar se encontraron Las Ruinas y Sorry Kate. No obstante, las tres bandas cumplieron con nota la difícil tarea de entregar su música a un público carente de calentamiento. Con Novedades Carminha aumentó la temperatura. Los autores de temas como “Que Dios Reparte Fuerte” repartieron de lo lindo en el escenario principal. Por su parte, Cuello sacó a relucir su pop guitarrero en el escenario secundario donde poco después Trepàt haría lo propio, inundando el acogedor espacio con su rock de resonancias oscuras. Se acercaban los platos fuertes y el primero de ellos llegó con extra de bruma, blues y alaridos. Guadalupe Plata tomó el escenario y lo hizo suyo, en una demostración de lo que implica el rock’n’roll. Garra, guitarrazos y canciones con las que nadie podía parar quieto.

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Lost Tapes, creciendo en público

Lost Tapes saltó a las tablas ante un público que había aumentado considerablemente en el transcurso de la tarde. Los barceloneses desplegaron con frescura su indie rock de evidentes influencias anglosajonas preparando el terreno para uno de los momentos esperados de la noche: el concierto de Chucho. La banda liderada por Fernando Alfaro desengranó Los Años Luz, un álbum que los ha devuelto a la actualidad musical después de una década. Y reaparecen por la puerta grande. En el escenario principal del Tomavistas se congregó una multitud que disfrutó bailando y cantando las nuevas canciones de la banda, así como clásicos de la talla de “Revolución” y “Magic”. El Último Vecino tomó el relevo. La banda, cuyo sonido inevitablemente remite a The Smiths pasados por el tamiz de The Drums, hizo vibrar al respetable en uno de los conciertos del fin de semana.

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Llegó el momento de bailar: El Último Vecino

A continuación se vivió un momento realmente emotivo, pues la banda argentina Cápsula estaba allí para revivir a David Bowie, o al menos sus canciones. Tocaron de arriba a abajo su mítico Ziggy Stardust, que acompañaron con bonus tracks como “Rebel, Rebel”, “The Jean Genie” y “Heroes”. El glam rock podía tocarse en la indumentaria y el sonido del grupo, cuyo líder, Martín Guevara, no dudó en bajar al barro con los espectadores. La jornada del viernes la cerró otra banda internacional, A Place To Bury Strangers, que con su denso shoegaze inyectó una buena dosis de ruido en aquellos que aguardaron hasta el minuto final. A quienes se fueron antes se lo perdonamos, pues iban a necesitar fuerzas para el día siguiente.

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Cápsula desempolvando a Ziggy Stardust

El sábado 21 contó con un aumento significativo del público, si bien los primeros grupos tuvieron que hacer frente a la misma situación que sus homólogos el día anterior. Hey Lover abrían la tarde seguidos por el indie rock de reminiscencias velvetianas de los británicos Ultimate Painting. Señores dio rienda suelta a su rock ruidista en el escenario secundario mientras que el principal se iba preparando para un concierto superlativo: el que ofrecieron los murcianos Perro. Se escucharon temas de sus dos álbumes, así como alguna que otra composición anterior. La mala leche, el humor y el ritmo de los cuatro componentes del grupo invadió a los asistentes que no dejaron de bailar y que estallaron con la postrera “Marlotina”. Sin duda, uno de los momentos que quedarán en la retina de quienes pudieron disfrutarlo.

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Perro, atrévete a bailarlo

A continuación Disco Las Palmeras! continuó por la senda del ruido con su noise que ha ganado en melodías con su último trabajo. La mala baba que se mascó en el concierto de los gallegos acompañó también, en cierta medida y en ciertas canciones, el concierto de Grupo de Expertos Solynieve. Eso sí, el de los granadinos supuso un momento de pausa en el que el público disfrutó coreando las letras de Manu Ferrón, Jota y compañía. Después de eso llegó uno de los descubrimientos personales del festival. Siberian Wolves sonaron realmente bien sobre el escenario dejando un gran sabor de boca antes de una de las citas más celebradas de la noche. The Wedding Present saltaron a la palestra para realizar un recorrido por su trayectoria musical, desde los himnos de sus primeros álbumes hasta temas que se incluirán en la próxima publicación de los ingleses. Se echó en falta algo más de intensidad, pero no faltaron perlas como “Dalliance” o “Kennedy”.

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Ruido, ruido y más ruido con Disco Las Palmeras!

Holögrama mantuvo el listón en lo más alto con su kraut psicodélico antes del momentazo del Tomavistas. Lo protagonizaron los gallegos Triángulo de Amor Bizarro que, no contentos con superarse disco tras disco, conservan la rabia intacta en sus directos. Interpretaron temas extraídos de sus cuatro álbumes. El revuelo creciente en las primeras filas durante canciones como “Robo tu Tiempo”, “El Fantasma de la Transición” o “Amigos del Género Humano” mutó en un pogo imparable en la tríada final: “Baila Sumeria”, “Estrellas Místicas” y “De la Monarquía a la Criptocracia”. Aún sudando y sin tiempo para recuperar el aire, The Suicide of Western Culture comenzaron con su espectáculo de electrónica analógica, llevando al público a un extraño éxtasis post-apocalíptico. Sin embargo, la fiesta sabatina no terminó ahí. WAS se reservó el derecho de aumentar las revoluciones una vez más y puso patas arriba a todos con su electrónica hedonista.

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Triángulo de Amor Bizarro, momento álgido

El domingo 22 fue muy diferente a los dos días anteriores. El acceso gratuito contribuyó a un aumento impresionante del público, que en gran parte integró a familias con niños. El día lo merecía. El buen tiempo y el horario de los conciertos (que se adelantó a la hora del aperitivo) hizo que fueran muchos quienes disfrutasen de los conciertos de Chlöe’s Clue, Briggite Lavarne, Papaya, Perlita, Extraperlo y Le Parody. La tarde del domingo se resume en una palabra: pop. Primero, Tachenko pusieron a funcionar su máquina de hacer hits. A continuación fue el turno de Luis Brea, haciendo cantar al público sus deliciosas piezas desde el primer acorde de “El Verano del Incendio” hasta el último compás de “Automáticamente”.

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Luis Brea y el Miedo forzando las gargantas de todos

Después fueron Mucho quienes volvieron loco al público al poner en escena Pidiendo a las Puertas del Infierno y su agradable deriva electrónica. Llegó el momento de una leyenda del indie patrio noventero. Australian Blonde aglutinó en el escenario principal a fans de ayer y hoy que corearon himnos como “Chup Chup”. Y por último, la peliaguda tarea de poner punto y final al Festival Tomavistas fue para Neuman, que no decepcionaron demostrando que son una de las bandas más en forma del panorama nacional gracias a su indie rock de alta carga emotiva. Cierto es que los tiempos de los conciertos se redujeron con respecto a los días iniciales, pero el cierre del Tomavistas puso el broche a un fin de semana de grandes conciertos en Madrid.

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Árboles, césped, gente y mucha música

Sobresalió la limpieza del recinto durante todo el festival, pues la organización se había planteado desarrollar un evento verde y sostenible. El cartel supuso una inconformista radiografía de la escena independiente nacional, desde la electrónica al noise pasando por el pop o el blues, sin hacer ascos a nombres foráneos y prestando especial atención a bandas emergentes. Todo un acierto.

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