Para ir a ver la última película de María Schrader hay que llevar los deberes hechos. La directora alemana propone un biopic muy diferente a otros ya conocidos, no solo por la división del largometraje en diferentes episodios que solo se centran en una etapa de la vida del escritor austriaco, sino porque, tanto sus diálogos como sus imágenes recrean un paisaje de dudas y cuestiones que solo llegan a resolverse con la intención del espectador.

Desde el inicio del largometraje, ya en sus primeras imágenes, nos damos cuenta de que se trata de una historia que esconde más que muestra, tanto por la intención de la realizadora como por la propia actitud de la persona sobre la que gira su trama.

Quizá sea ese el aspecto más destacable (en lo que a la historia se refiere) de ‘Stefan Zweig: Adiós a Europa’, que debemos imaginar cuál es la opinión obvia del autor frente a lo que está ocurriendo en su Austria natal, Alemania y, en definitiva, en toda Europa.

Es el momento en el que Hitler tiene más fuerza que nunca. Aquel período en el que miles de escritores, artistas, músicos, pensadores y, en definitiva, personas de gran índole cultural; deben abandonar sus residencias y sus vidas para poder continuar ejerciendo su pasión sin peligro ni persecución.

En este caso, Zweig se traslada a Sudamérica, a Argentina y Brasil, y a Estados Unidos, Nueva York, donde se le recibe con los honores que con los que debería ser acogido en su país natal. Es una especie de héroe de las letras, cuyo talento para escribir se asemeja a la agudeza con la que esquiva las preguntas de varios periodistas que buscan una contundente respuesta ante las barbaridades de la II Guerra Mundial para conseguir una primicia.

Fue eso lo que le caracterizó hasta sus últimos días. De igual forma, Zweig reflexionaba sobre todo lo que callaba y lo que escuchaba. Es por eso que uno de estos cortes en los que se divide la película, en el que mantiene una larga conversación con su exmujer, cambia el rumbo, por decirlo de alguna forma, de su sentimiento de culpa.

En definitiva, el escritor dice todo lo que rehúsa cuando forma parte de ese grupo de personas que debería poner voz a quienes no la tienen. Pero eso no lo decide Schrader. Lo que sí está en su mano es la no inclusión de algún fragmento de su obra, aparte de nombrar en alguna ocasión su Erasmo de Róterdam, un aspecto cuya aportación nos hubiera satisfecho a muchos a los que nos pica la curiosidad su parte profesional, ya que la personal, en silencio, es una evidencia a gritos.

Por último, cabe destacar la grandeza de sus planos secuencias, acorde con la historia del protagonista, que no incluyen sobresaltos ni grandes transformaciones conforme avanza la historia y que permiten, con absoluta pureza, la recreación de la profundidad de campo que tanto añoramos en la era del desenfoque. Especialmente su última imagen que, a pesar de ser larga -como el resto de la película- regala una fotografía para el recuerdo.

Sobre El Autor

Todo queda mejor en blanco y negro. Actitud y perspectiva son dos términos que suelen funcionar bien. Nada como el final de los 60. Marc Bolan, Bob Dylan y Jack White lo han hecho todo.

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