La pérdida del yo más innato y la falta de valor para afrontar los problemas que nos acechan son males que pueden materializarse en cualquiera, sea cual sea la coraza tras la que haya decidido construir su identidad. Este es el telón de fondo de la última obra de  Quino Falero, Pánico, de la que pudimos disfrutar ayer en un teatro Lara que se deshizo ovaciones -y bien merecidas- al término de la representación. Guillermo Ortega da vida a Max, que alarmado por un posible cambio de rumbo en su vida recurre a la ayuda de Leo (Felipe Andrés), su amigo de la infancia, de su época de boyscouts. La búsqueda de la paz espiritual en la que Leo se ha volcado desde que se separara de su mujer se verá truncada cuando cede a actuar como una especie de terapeuta para su amigo en apuros -terapias a las que él mismo lleva años recurriendo para superar sus propios problemas-. El triángulo  lo completa Joni (Mon Ceballos), el hermano altivo y egocéntrico de Leo, que presenta un programa televisivo de entrevistas y que parece haber olvidado lo que significa la empatía. A pesar de que su vida se ha convertido en una especie de versión del Show de Truman, víctima de un materialismo brutal, las debilidades de Joni afloran también, haciendo culminar la historia. Aunque polos opuestos, ambos hermanos se vuelcan -eso sí, cada uno a su manera- para ayudar su amigo. Los intentos hacer que Max se encontrarse a consigo mismo hará brotar las emociones más profundas de todos los personajes. El resultado: Una historia con grandes interpretaciones y que obliga a pensar entre carcajada y carcajada en aquello que más valoramos, en aquello a lo que más tememos, y en aquellos que nos  sacan a flote en los momentos de debilidad.

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