Ewan McGregor no ha sido el primer actor que se pasa al otro lado de las cámaras. Cuenta un un amplio repertorio precedente: unos casos de victoria como Ben Affleck y ‘Argo’, otros como Angelina Jolie con la olvidada ‘Frente al mar’, se estancaron.

En la pasada edición del Festival de cine de San Sebastián, el actor escocés Ewan McGregor (Perth, 1971) presentaba su primera película dirigida, su actuación número 54 en el medio cinematográfico, desde que se estrenó allá por 1994. En su filmografía se incluyen diferentes míticos personajes, desde el eterno pelirrojo Mark Renton de la adaptación de Danny Boyle de la novela de Irvine Welsh ‘Trainspotting’ a la copia de Iggy Pop con otro nombre en ‘Velvet Goldmine’, pasando por la versión joven de Obi-Wan Kenobi en las tres primeras entregas (4º, 5º y 6º en orden cronológico) de Stars Wars.

Por todos estos personajes y muchos otros trabajos interpretativos, este nuevo despertar cinematográfico de McGregor prometía, como poco, el enorme talento de los caracteres que ha llevado a la gran pantalla. Para su estreno, el que fuera Edward Bloom en la aclamada cinta de Tim Burton ‘Big Fish’ (2003) decidió elegir una inmensa obra de Philip Roth (calificada de esta forma por la gran tarea de profundizar una época de cambios en más de 500 páginas) llamada ‘Pastoral Americana’. En ella, se cuenta una historia destinada al éxito que se convirtió en un fracaso personal y emocional.

American-Pastoral-(Pastoral-americana)-peliculaEl Sueco (McGregor) es el prototipo de héroe admirado por todo aquel que lo rodea, especialmente por la comunidad judía, que consideraba un gran paso hacia adelante su triunfo en Estados Unidos a pesar de su origen humilde al haber nacido en el seno de una familia dedicada a la confección y venta de guantes para señora. Enormemente respetuoso con su entorno, abierto a una nueva mentalidad que siempre debía pasar por un filtro de conformismo y honestidad, el protagonista se casa con una mujer que atiende, por decirlo de alguna manera, a sus necesidades. Se trata de Dawn (Jennifer Connelly), quien deja claro desde un primer momento su carácter: atrevido y disconforme.

La hija de ambos, Merry (Dakota Fanning) tímida y tartamuda, lucha desde la infancia por encontrarse a sí misma para verse como una parte de una gran familia americana donde todo debe ir de la forma más perfecta posible. Sin embargo, ni siquiera siendo pequeña –que se supone que es cuando debe desarrollar su propia personalidad– siente que forma parte de la unión entre dos triunfadores. Por ese motivo, más tarde se separará de manera definitiva y literal de su círculo más cercano.

Lo hace con música de Buffalo Springfield de fondo, concretamente con ‘For What It’s Worth’, una de tantas canciones que acompañaron las revueltas antibélicas del pasado siglo que, con toda probabilidad, sea la que demuestra el sentimiento general de los jóvenes de la manera más precisa e inmaculada. Y sí, es la única canción que suena en una trama en la que, por su simple desarrollo temporal, debería estar mejor ambientada y representada al espectador.

No buscamos un repertorio musical que acompañe imágenes de manera constante (ponemos por caso ‘Forrest Gump’) sino un toque de atención que nos deje claro por qué hemos entrado a ver esa película en lugar de otra cualquiera. McGregor no se moja, no va más allá de la manera correcta de contar las cosas, a nivel narrativo y visual. Ninguna puesta en escena insólita, llamativa. Si acaso, un par de imágenes chocantes: un desenfoque absurdo y un trozo de lo que fue el festival más conocido de la historia de Estados Unidos, Woodstock.

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Este desperdicio también se traslada a los diálogos, vacuos y sin sentido que no aportan nada más allá de lo que estamos viendo: la lucha de unos padres, el desgaste de la esperanza y el nacimiento de una nueva perspectiva de futuro en la que el pasado se asoma de refilón en lo que aún queda por venir. Por último, lo que no se le puede perdonar al actor es que sus elenco esté tan mal aprovechado.

El recorrido profesional de los tres protagonistas debería ser motivo suficiente para exprimirlos al máximo en un largometraje que podría haber pasado a la historia como lo ha hecho la novela que intenta recrear. Vale que sea un tocho de libro y sea muy difícil dedicarle el tiempo suficiente a la construcción de sus caracteres pero, por favor Ewan, Connelly y Fanning se merecen mucho más de lo que hacen y dan durante las dos horas que dura la película.

En definitiva, pasar de puntillas por un período histórico de tal complejidad, magnitud e interés a nivel sociológico y mental requiere una habilidad especial para proponer algo nuevo y, a pesar de que se intente mostrar el lado más radical –aquel del que, precisamente, no se habla cuando se refieren al hippismo– se trata de una forma tan banal que deja al espectador, como poco, con ganas de saber más.

 

Sobre El Autor

Todo queda mejor en blanco y negro. Actitud y perspectiva son dos términos que suelen funcionar bien. Nada como el final de los 60. Marc Bolan, Bob Dylan y Jack White lo han hecho todo.

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