No me pilla tan lejos la época de los ordenadores de culo y, por tanto, aún conservo algún recuerdo con esa máquina del futuro que ahora llamamos plasma. Tuve mi primer ordenador con unos 10 años. Lo habíamos comprado de segunda mano y  lo único que tenía era el reproductor de música con varios “éxitos” en su carpeta de descargas. Desde el Sweet Dreams de Eurythmics hasta el Take On Me de Aha! Era como tener una radio al gusto, las canciones no se fastidiaban como las cintas de casette y no había publicidad. La sensación fue impresionante.

Entre estos temas había uno que se llamaba Smoke on the Water, de Deep Purple. Por supuesto, no tenía ni idea de quiénes eran esos pero hubo algo en la canción que despertó algo en mi interior. Recuerdo cómo me llamaba la atención que los instrumentos se iban sumando conforme avanzaba la canción, que se sustentaba en los mismos acordes. Me sorprendió saber que podía diferenciar bien “de qué estaba hecha” la música y, además, me gustó saber que estaba escuchando un sonido distinto a todos los demás.

El pasado sábado tuve la misma sensación, en el Garage Sound Festival de Rivas, donde se erigió frente a mi Glenn Hughes. Quien fue bajista de Deep Purple desde 1973 hasta 1975 era el cabeza de cartel de una tarde-noche marcada por el sonido clásico. Graveyard y, sobre todo, DeWolff, habían dado cuenta de las diferencias respecto a la jornada anterior, mucho más agresiva y de marcado estilo hard rock con Buckcherry y Hardcore Superstar, entre otros.

Pero, salvando las distancias (y aunque DeWolff nos encantara) la elegancia de quien lleva décadas sobre un escenario y ha formado parte de dos de las bandas más importantes de la historia, como los mencionados Deep Purple y Black Sabbath, es completamente diferente. Sobre un fondo con su imagen con unos cuantos años menos y una paloma con los colores del arco iris, Hughes salió al escenario con su arma más poderosa: un bajo atronador.

¿El problema? Que no se oía lo suficiente. Ni en la primera canción ni en la segunda ni en la tercera… hasta que la paciencia del artista se acabó y se quitó con cierto enfado los pinganillos. Mientras, su banda se esforzaba por mantener la línea de las canciones con una firmeza y profesionalidad implacables. Hubo varios solos, de teclado, guitarra y batería. Fueron kilométricos, pero se complementaron de manera exquisita con el resto del show. Tan solo faltó el de Hughes, que después de estar medio concierto luchando porque regularan bien su bajo, finalmente, se alimentó del calor del público y dejó pasar su afán por la perfección.

Sin embargo, y muy a pesar de los técnicos de sonido que no hacían más que probar desde la oscuridad las distintas formas de sacar a pureza del instrumento del bajista, este continuó su espectáculo lanzando mensajes de amor y agradecimiento a su público. Y es en esto en lo que quiero hacer especial hincapié, de acuerdo a la sensación de hermandad surgida tras el nacimiento de esta clase de macroeventos, en 1970.

Allí los “gracias”, “os quiero” eran una muestra de que, en realidad, había una verdadera comunión entre los que estaban sobre el escenario y los que se encontraban a los pies del mismo. Jamás hubo una sinergia de iguales características y, por eso mismo, cuando presenciamos momentos como el que regaló Glenn Hughes aquella noche (muy parecido, por ejemplo, al que vivimos con Neil Young en el primer Mad Cool de 2016), lo notamos en nuestro interior. La sensación que experimenta el cuerpo demuestra que no es lo que se dice, sino la manera de hacerlo.

Quizá sea porque Glenn Hughes ya forma parte de la historia, y lo ha conseguido por la potencia de sus gritos entre estrofa y nota, en los espacios vacíos en los que no se espera nada. Su voz, de tremenda potencia a pesar de su edad, dieron muestra de que aún queda mucho Hughes por disfrutar… y de que no hace falta desgañitarse para conseguir un sonido vocal único e impredecible.

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