Tras su no poco excéntrica “Frank”, Lenny Abrahamson intenta sentar cabeza con “La habitación”, adaptación de la novela con el mismo nombre, de la irlandesa Emma Donoghue, escritora también del guión del film. Y nos quedamos en el “intenta” porque a pesar de lo cálida que resulta la narración, de no ser por las interpretaciones de Brie Larsoon y  Jacob Tremblay  -más por la de éste último-  la cinta bien podría pasar  inadvertida entre el cine de sobremesa:

Joy (Brie Larson) vive desde hace siete años encerrada en una habitación, después de ser secuestrada a los diecinueve años. Además de esas cuatro paredes y un tragaluz, su única compañía es la de su hijo de cinco años, Jack (Jacob Tremblay), que nació en la habitación; el único mundo que conoce y del que su madre ha hecho su pequeño  universo. Un giro en la trama que, a mi parecer, resulta poco convincente (quienes la hayáis visto quizá compartáis que vosotros también hubieseis desenrollado la alfombra), traerá consigo la progresiva transformación de ambos personajes. Es en ese punto cuando la cinta comienza a decaer,  manteniéndose a flote por un brillante Tremblay, que a sus nueve años ha demostrado un innegable potencial.

Jack se convierte en una fuente de ternura, aportando con sus monólogos internos -que aunque emotivos, se alejan de lo sensiblero- varios puntos de clímax  dentro de los poco ingeniosos diálogos – siete años en una habitación darían para profundas reflexiones del personaje de Larson, aunque quizá se haya optado por dejar esta labor al personaje con más capacidad para la emoción, Jack-. No es que Larson no sea merecedora de su Oscar como Mejor Actriz Principal -la vemos pasar de la madre coraje más protectora al ser más indefenso e incapaz -, simplemente, su personaje podría haber dado mucho más de sí.

La narrativa audiovisual es otro de los aspectos que aportan valor a la cinta, sobre todo durante la primera parte, en la que se hace perfectamente consciente al espectador de cada detalle del pequeño hábitat que madre e hijo comparten; el armario, la textura de las paredes y el inalcanzable tragaluz  nos llegan a través de la mirada y el tacto de Joy y Jack.  Los movimientos de la cámara, que sigue al pequeño Jack en los momentos de sus reflexiones más profundas –sin duda lo mejor del film-  son un valor añadido para esta obra de guion mejorable.

Si la cinta merece ser vista, no es ni mucho menos por su trama, sino por lo válidas de las interpretaciones -en especial la de Jacob-; esperemos que Tremblay y Larson no caigan en el olvido y nos den el placer de verles en un guion de mayor calidad.

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