Parece que fue ayer cuando vi por segunda vez a Love Of Lesbian en la Sala Chocolat de Santiago de Chile, hermosa ciudad donde tuve la oportunidad de vivir algunas de mis más bonitas y profundas experiencias naturales. En un recinto mediano, Santi Balmes y compañía presentaron un espectáculo tan habitual como el que suelen regalar en los cientos de festivales en los que forman parte del cartel principal, algo que podría ser muy arriesgado de no ser porque sabían que contaban con un grupo de españoles que conocían muy de cerca cuál es el desarrollo de sus historias de perversión y vitalidad.

En aquella sala éramos unos cuantos de aquí aunque no llegábamos a la mitad y, ver a una de las bandas más representativas de nuestro país era, por lo menos, algo placentero y digno de orgullo. Nos hacía sentirnos como en casa su show, no por la música que ofrecieran o el espectáculo que quisieron ofrecer sino, más bien, porque se trataba de una banda intrínsecamente unida a nuestros sentimiento nacional. Este aspecto, esta emoción más bien, tan sólo podrá ser percibidaz por aquellos que hayan pasado un tiempo fuera de su casa y han buscado algo que les rememore a sus orígenes.

Quizá sea esto lo que buscan los cientos de argentinos que me suelen acompañar en conciertos o eventos de sus nacionales cuando pasan por Madrid en sus giras europeas o internacionales. Es una sensación que he sentido en conciertos como el de Onda Vaga el pasado verano o el de Los Espíritus este jueves, que hicieron desfilar sus canciones frente a un público que parecía llevar esperando la presentación en vivo de su último disco ‘Agua Ardiente’, publicado el pasado mes de mayo en diferentes plataformas de música.

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Era la primera vez que esta banda giraba por España y la ocasión merecía trazar un buen boceto de lo que es su esqueleto musical, su esencia y su razón de ser básicamente. Por ello, no perdieron la oportunidad de presentar un enorme setlist de 20 canciones, tres de ellas bises, para pasar la noche del jueves, que empezó allá por las 19.30 y terminó cuatro horas después, empezando con unos teloneros de los que tan solo recuerdo el afán por descolocarse los mechones del pelo de su cantante.

Pues bien, Los (RECOMENDADÍSIMOS) Espíritus hicieron una no tan leve trayectoria de su trabajo musical durante ese tiempo, momento en el que sonaron canciones como ‘La Crecida’, ‘Perdida en el Fuego’, ‘Huracanes’ o ‘Jugo’, una de las más coreadas, incluyendo a una servidora. Con ellas dieron a conocer a lo que se han dedicado estos últimos meses, muy en la línea de sus anterior trabajos, además de hacer especial hincapié en el álbum con los que gran parte de su público los conoció hace ya dos años, ‘Gratitud’.

De este se escucharon temas como la increíblemente sosegada y psicodélica ‘Mares’, ‘Vamos a la Luna’ y ‘La Crecida’, en la que incluyeron una parte instrumental de gran espectacularidad, mismo interés propuesto por una de las bandas más importantes de la escena musical argentina actual (en palabras del mismísimo Gustavo Santaolalla) en otras partes del concierto, algo que fue muy agradecido por un público desbordado aquella noche. Lo cierto es que este tipo de incursiones que se salen de los límites del minutaje propio de las canciones siempre entran muy bien porque forman parte de la magia y el encanto de un directo.

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Sin embargo, este tipo de presentaciones, a puerta cerrada y en salas medianas tirando a pequeñas, suele precisar de un elemento consustancial a la misma palabra ‘representación’ o ‘demostración’. Esta es la ‘conversación’, el acercamiento a los espectadores, un diálogo que vaya más allá que el que presentan los propios instrumentos. Fue ese minúsculo rasgo el que más llamó mi atención: la única dirección del espectáculo, de los músicos a los oyentes. Quiero hacer especial mención a esto por lo mucho que suma y resta, dependiendo del caso, a un concierto. Que salgan seis tipos a un escenario y solo sean capaces de decir cuatro cosas –”Hola”, “Gracias”, “Volveremos” y “Chao”– no me gusta en absoluto.

Creo que este aspecto es fundamental e, incluso, fundacional, en la historia de la música en directo y por eso me pongo tan refunfuñona, a pesar de que, sin duda, el concierto fue digno de rememorar por la enorme calidad de los argentinos. Pero son las pequeñas cosas (con importancia) las que a veces dejan un regusto amargo en recuerdo del que las presencia. No obstante, los que vimos la nula comunicación entre un lado y otro del escenario, esa invisible barrera del silencio interno, también fuimos capaces de vibrar con cada una de sus canciones, incluidos otros antiguos éxitos como ‘Jesús rima con cruz’, ‘El Gato‘ o ‘Las Sirenas’, siendo esta última una de las que cerraron el concierto.

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Para evitar que el lector se quede con esta tontería en la cabeza, cabe destacar que la forma en que viven Los Espíritus su música es de absoluta franqueza y espontaneidad. La manera en que se meten en su música, interpetan lo que aman y presentan a su público su forma de crear canciones de manera tan visceral se ve en pocas ocasiones y sobre pocos grupos de ese estilo, donde los instrumentos participan en un diálogo en el que caben las improvisaciones afinadas pasadas por lima y cariño.

Pero dese detalle que he nombrado es lo que me detiene en seco al final de esta crónica. De ahí el título de esta entrada: como bien reza el nombre de uno de sus cortes, algunos subieron a la luna, otros hicimos el amago de hacerlo, sólo nos faltaban las escaleras de la conversación.

 

Fotografía: Inés Azagra

 

 

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