Lo diferente es una genialidad que todo el mundo debería estar dispuesto a disfrutar. En el caso de Alt-J, lo diferente llega a ser raro, un raro espectacular, y eso nos encanta. Y por como son ellos, su concierto no podía ser de otra manera; extraño, sorprendente, hipnotizador. Se podría decir que la música atrapaba desde el inicio, pero no de la manera a la que estoy acostumbrada.

Como en todos sus conciertos, se mantuvieron en sus posiciones como si sus zapatos estuviesen pegados al escenario con superglue. Me faltó participación por su parte, aunque es algo que se pueden permitir; el juego de luces para coincidir con cada acorde, cada melodía, combinado con sus peculiares canciones, dio como resultado un espectáculo musical a la vez que visual tan excepcional como su éxito, el cual saben utilizar bien para mostrarle al mundo su arte tan personal (que podríamos llamar indie folktrónico).

Tras tres discos, estos tres ingleses por fin han decidido estrenarse en Madrid con un concierto puro y duro presentando Relaxer, su último trabajo. El pasado 9 de enero en el WiZink Center -algo empequeñecido-, gente esperaba en las puertas desde por la mañana para disfrutar de un verdadero espectáculo en primera plana.

Estrenando el escenario empezó la artista Marika Hackman, con canciones de tonalidad dulce (por su voz, principalmente) que, al mezclarlas con guitarra eléctrica en alguna ocasión, le daban un toque más movido al asunto con solos con los que no podías evitar mover, por lo menos, la cabeza al ritmo de sus acordes. Pero solo fue cuando iban a llegar los protagonistas de la noche cuando aquello se llenó; se palpaban en el ambiente las ganas de puro Alt-J resonando por los altavoces.

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Gritos con su aparición y los primeros acordes de Deadcrush comenzaron a sonar aumentando la emoción de todo el público, la cual se intensificó, llegando a ser casi euforia, en canciones como Fitzpleasure o Breezeblocks. Se dieron ocasiones en las que las luces no eran las únicas que no paraban de moverse, y eso se lo agradecemos a temas como Left Hand Free o Dissolve Me, aunque tampoco faltaron canciones como Hunger of the Pine o 3WW, en las que el público se quedaba estático y dejaba que sus ritmos tranquilos perfectamente ejecutados se repartiesen por toda la sala para deleitar nuestros oídos y nuestras mentes. 

Se podría considerar que el único error del concierto fue un percance con el inicio de Matilda, que se tuvo que repetir, pero sólo significó disfrutar un poco más de los tres ingleses y de su música, porque con esa hora y media de conciertazo (permitámonos el superlativo), todo tiene perdón.

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