El martes vi a Bob Dylan, padre de la canción protesta, ese término que tan poco le gusta y que tanto le atribuyen, mi padre. Reconozco que mi veneración por este señor de 76 años que ha sido el compositor de algunas de las canciones más bellas de la historia no siempre fue santo de mi devoción. Cuando comencé a escuchar música “de la buena”, esa que me acompaña desde que descubrí a Led Zeppelin con 13 años, me encontré por casualidad con su guitarra y su armónica y no me emocionó en exceso.

Me parecía una voz rara y muy monótona. Por entonces, no me importaba la letra hasta que, algún que otro novio por delante y varias lecturas musicales me llevaron a escucharlo de nuevo y ahí sí cambió mi vida. Pasaba como en el cine en tiempos de guerra: en América, las películas tenían el fin de entretener con historias de amor. En el resto del mundo, véase Italia, la guerra y sus catastróficas consecuencias llegaban a la gran pantalla. Dylan fue así: hablaba de lo que nadie se atrevía a decir y lo hacía con la sensibilidad que exigían sus historias, con muchas palabras y sonidos austeros.

Ese hombre, que creó Blowin’ in the wind o Like Rolling Stone siempre ha hecho lo que le ha dado la gana… y, con el tiempo, se ha demostrado que le ha salido bien. Quizá tenga una de las personalidades más misteriosas y aristas del mundo de la música, con permiso de Van Morrison, pero si hay algo fascinante en su figura es que jamás hizo caso a lo que le pedían. Enchufó su guitarra eléctrica en el Festival de Folk de Newport y fue criticado, insultado y aborrecido por unos fans demasiado incongruentes para el genio inconmensurable que tenían delante, así lo demuestra el No Direction Home de Martin Scorsese.

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Pero a Dylan le dio igual. Si tenía que contar una historia en más de los tres minutos estipulados por entonces, lo hizo; y si tenía que ser abucheado por enchufar su Fender, lo aceptó. Creo que es eso, su carácter y pasión por su trabajo, lo que le ha llevado a continuar sobre los escenarios a los 76 años como parte de una gira interminable que recibe precisamente ese nombre y que comenzó hace justo 30 años.

Todo eso fue lo que recordé cuando apareció sobre el escenario de un Auditorio Nacional majestuoso. Después vino la sorpresa. Varias personas me habían desanimado de cara a este concierto, por el que desembolsé una gran cantidad de dinero de la que ya ni me acuerdo, debido a sus últimos temas publicados, especialmente en Shadows in The Night, Fallen Angels y el reciente Triplicate. Reconozco que no son mis discos favoritos, pero tampoco puedo esperar un rock estridente como el que proporcionaba cuando saltaba al escenario con sus gafas de sol y pelo rizado.

Las botas las mantiene… y su maestría también. A pesar de que supo combinar versiones de sus propias canciones como Highway 61 Revisited, Tangled Up In Blue o Desolation Row, los mejores momentos de su actuación fueron aquellos en los que recordó algunos de sus temas más recientes. El techo de madera del Auditorio Nacional y la calidad de un emplazamiento en el que ha ha dirigido orquestas el argentino Daniel Baremboim o ha estado la Filarmónica de Viena no hicieron sino sumar la profundidad de sus temas, así como enfatizar el rugido de león de Dylan, que llegó a levantarse con dificultad en tres ocasiones de su preciado piano.

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El punto está en que Dylan ya no es el que era y es inútil no reconocerlo. Es un hombre que ha visto todo y que cada canción que toca parece ser un nuevo directo, una nueva interpretación. Que sus temas no suenen como en los discos nunca ha sido un problema (ni mucho menos, una preocupación) para aquellos que van a verle con la idea interiorizada de que los tiempos han cambiado (bravo por esa coletilla primera al comenzar su espectáculo con el tema por el que ganó su Oscar incluido en la película Jóvenes prodigiosos). Es decir, no podemos castigar la experiencia de un músico que siempre buscó otra alternativa por hacer lo que hace ahora, aquel que nunca efectuó lo que todo el mundo pensaba que iba a presentar.

Lo del martes y, en definitiva, lo que hace ahora, solo es una muestra más de que eso que enamoró al mundo continúa presente en su personalidad. Puso en evidencia de nuevo la importancia de cambiar el sentido de una canción, una letra o una emoción con otro tipo de ritmo que la hacía impredecible y prácticamente nueva. Deberíamos apreciar aquello en lugar de criticar que It Ain’t Me Babe o Ballad of a Thin Man no sonaron como en el año 1964 y 1965, respectivamente, cuando sonaron por primera vez. Y quien espere eso o es hipócrita o es de recopilatorios.

Larga vida al hombre flaco.

 

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