Con toda probabilidad, en la crónica de la última edición del Leganés Blues Festival ‘South Side’ hice referencia al bueno ambiente de los festivales en los que dejan entrar a niños. Quizá me haya hecho mayor o quizá haya entendido que los festivales no son para morir sino para aprender y entender. Comprender el gran abanico musical que se ofrece en este pionero evento que une todo tipo de música iberoamericana, desde la que llena las fiestas de los pueblos hasta la que llena estadios de fútbol.

El primer día de Río Babel contaba con dos de los principales artistas nacionales, Macaco y la Mala Rodríguez así como un largo repertorio venido desde el otro lado del charco, como Siddhartha, Porter o Instituto Mexicano del Sonido. Lo de estos últimos fue, quizás, lo más chocante del primer día. No es comprensible como entre referencias a los muertos de Veracruz y los cerca de 50.000 desaparecidos que registra México el grupo es capaz de incluir canciones en su repertorio que no van más allá del salto y que apenas tiene una letra sobre la que sostenerse, además de un conjunto de imágenes que van desde los personajes más ilustres de México hasta la mítica Betty Page.

Cambiando de aires de manera radical, llegó Porter. Para los más escépticos, podría decirse que suenan parecidos a unos tal Vetusta Morla. La diferencia es que este grupo mexicano cuenta historias desde el timbre más agudo y demuestra, un poco más si cabe, que todo aquel que no conozca su tierra natal, con cuentos de aztecas. Ofrecieron un concierto más compacto y atrayente desde la máxima humildad. Su música, trabajada desde el principio hasta el final, fue saboreada con el gusto del que busca la tranquilidad con la que empezábamos este texto con temas como ‘Cuxillo’ o ‘Colibrí’.

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Volviendo al uso de la música como forma de protesta y llamada de atención, no podría esperarse a alguien que encarne las ganas de gritarlo. Por eso apareció Macaco, el hombre las manos, de los gestos y el más allá. El catalán recordó algunas de sus canciones más reconocidas, como ‘Con la mano levantá’, ‘Movin’, ‘One Love’ y ‘Tengo’, el momento en el que se puso a divagar entre sonidos de trompeta balbuceados y coreografías. Se notaba que su equipo estaba cómodo a pesar de nombrar algunos de los tema más escabrosos que nos “regalan” los telediarios: el derecho a una sanidad pública segura y de calidad y la problemática institucional y política de los refugiados.

¡Ah! Y que no se nos olvide…que interpretó una versión rumbera de Monkey Man, uno de los temas más repetidos de la historia por diferentes artistas, entre ellos, la enorme y genial Amy Winehouse. También se dejó escuchar el ‘Killing in The name of’, tema básico para entender la música contemporánea. Poco después de la última nota de la canción más gamberra de Rage Against The Machine, comenzaron La Sra. Tomasa que, como nos prometieron un día antes, hicieron nuestra su clave.Consiguieron mover a gran parte del público, que acabaron haciendo sentadillas durante ‘Yo traigo Boogaloo’. A lo largo de su diverso repertorio incluyeron algunas partes instrumentales con mucho rock, así como bases y rap cargo de su saxofonista.

Para cerrar el jueves nos quedamos con Mala Rodríguez, de la que poco nuevo se puede aportar que sea nuevo. Salió como una reina, con la corona que lleva tatuada sobre su brazo al fondo, como una tigresa con la fuerza y la rabia más afilada de la noche, teniendo en cuenta que, por fin, se subía una mujer al escenario. Nuevas versiones de ‘Tengo’ un trato’, ‘La niña’ o ‘Quién manda aquí’, la principal referente del rap en España se mostró feliz y segura ante un público que cantaba una canción tras otra.
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El día siguiente del festival se abría poco a poco con iLe, la hermanísima de Residente, que presentó un nuevo estilo, más tranquilo y espiritual que el que acostumbraba con Calle 13. Un estilo similar, de saludo a la vida y celebración de la felicidad fue el utilizado por los colombianos Aterciopelados, cuya cabeza de maniquí perturbaba (en el buen sentido) en medio del escenario, donde sonaron algunos de sus temas más conocidos.Su sonido, tropical y absorbente, poco tenía que hacer con su sucesor, El Niño de Elche, que abrió un concierto a dos palmas sobre un solemne silencio. Poco después puso las pilas al ambiente con mezclas y repetidas bases, con letras y referencias a Nueva York de, de alguna forma, perdieron la esencia de su apertura.

De Estopa poco puede decirse que no se sepa ya. Los hermanos de Cornellá demostraron, una vez más, que son más hermanos que artistas sobre el escenario, de nuevo en el buen sentido. Su enorme complicidad se nota desde el momento en el el que salen a escena, donde prácticamente podrían estar sin cantar porque el público cantó absolutamente todas sus canciones.Todas, sin excepción, en masa, en coro. Por eso y por muchas otras cosas más, se merecían ser los cabezas de cartel, por tener un enorme carisma y mover a cientos de personas durante su hora y media de concierto, en el que, como era de esperar, no faltaron ‘Fuente de energía’, ‘La Raja de tu falda’ y ‘Pastillas de freno’.
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Desde luego se hicieron cargo del ambiente más adecuado para sus sucesores, La Pegatina, aquel grupo que en el reproductor de música agobia y que en directo no decepciona. Desde el primer momento, saltos y diversión acompañada por confetti e, incluso, una falda escocesa. Hemos de decir que es uno de los grupos más difíciles de fotografiar porque, literalmente, no paran. Para arriba, para abajo, una locura. Así lo contagiaron a su público, que si bien no se sabían al dedillo las canciones como en Estopa, se hicieron varios kilómetros recorriendo el IFEMA al ritmo de la música, que abrió con ‘Quizás, quizás’, continúo con un célebre tema de Two Door Cinema Club y prácticamente cerró con ‘Con la mano levantá’ junto a Macaco.

No sería la última vez que veríamos al catalán en el escenario sobre el que tocó un día antes, al que se subió Amparanoia y su grupo celebrando sus 20 años de actividad musical. Quizá hubiera sino mejor opción colocarles antes para haber sido bailados con mayor entusiasmo pero, aún así, consiguieron aglomerar una cantidad sustancial de gente bajo el escenario. Kanaku y El Tigre, Cumbia Queers y Novedades Carminha intentaron lo propio al día siguiente, el más agotador y puede que el más caluroso, por lo que muchos prefirieron sentarse a cargarse las pilas para el gran cabeza de cartel y fueron escuchados con mucha mayor tranquilidad que los siguientes. Los venezolanos Los Amigos Invisibles sonaron muy frescos, nada peculiares y muy similares a La Casa Azul. Pusieron el toque Flower Power al festival, tan necesario como habitual.

Con vientos de apertura, Goran Bregovic expuso uno de los espectáculos más curiosos del festival. Su método de atracción es la música sin más florituras de las necesarias. Se colocó como un señor sentado entre una amplia formación y tan solo una vez o dos se levantó. Por contra, todos los allí presentes se resquebrajaban las rodillas de los saltos y los bailes, al ritmo de una música de la que no se había oído nada parecido durante los tres días. Y llegó el momento de ver al más esperado de la noche y, quizás, de todo el festival. Residente, el que pone voz al pueblo desde su formación con su hermana iLe y Visitante en Calle 13. El puertorriqueño vino dando guerra desde el principio, ya que paró por una deficiencia del sonido. Una vez arreglado, continúo su espectáculo de historias y de réplicas, de disputas y guerras y, en definitiva, de quejas.
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Fue uno de los artistas más aplaudidos del festival, así como uno de los más celebrados. El público, a sus pies completamente, saltaba y brincaba cuando él lo pedía con temas como ‘La Guerra’, ‘Calma Pueblo’, ‘La vuelta al mundo’ o ‘Latinoamérica’, con el que puso los pelos de punta al más frío. Sin embargo, intercaló entre ellas algunas canciones que saben a playa y a verano, como ‘Atrévete’ y ‘Fiesta de lo locos’, con las que los coros no cesaron.

El corte de digestión emocional fue sustituido por Los Fabulosos Cadillacs, que entraron al escenario con la banda sonora de James Bond de fondo para saludar a sus compadres, argentinos. Porque si donde hay pelo hay alegría, donde hay músicos argentinos, hay cercanía. Siempre me ha llamado la atención el enorme apoyo que se dan entre ellos, aunque estén en la otra parte del mundo algo que, como poco, deberíamos aprender. Desde luego fueron los más indicado para casi cerrar tres días de festival -porque después vendría Zuco 103 y Nicola Cruz- por su cercanía y locura, de la que se desprendían ríos de sudor y ganas de saltar.
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