Francis Ford Coppola lo tenía muy claro: no quería una película que tratara sobre la archiconocida guerra de Vietnam, quería presentar a través de las pantallas el propio Vietnam. Tan solo coincide en año con ‘El Cazador’ de Michael Cimino y con ‘Regreso sin gloria‘ de Hal Ashby, ambas completamente diferentes al universo Coppola a pesar de que su representación de la guerra apenas se llevó dos estatuillas y la primera nombrada, protagonizada por Robert De Niro, se llevara cinco.

Pero la meta del realizador de otros largometrajes sin comparación como ‘El Padrino’ (1972) y ‘Drácula’ (1992)  ni se inmutó. Y vaya si lo consiguió, con paciencia, sudor, lágrimas y locura sacó adelante uno de los conflictos bélicos más largo de la historia del pasado siglo. Este último fue el requisito fundamental para el director en el momento en que organizó al equipo responsable del montaje del largo. Entre sus integrantes estaba un joven Walter Murch, que disipó cualquier tipo de duda acerca de la personalidad que Coppola quería imprimir sobre su película. El desquicio de la guerra que perdió América.

A partir de aquel momento, el que  inauguraría la categoría de diseño de sonido en los títulos de crédito -y ganaría el premio Oscar más tarde- se armó de buena paciencia para volverse completamente loco entre cintas y cintas de fragmentos de largometraje, que llegaron a sumar 14.160 minutos o, lo que es lo mismo, siete toneladas de película.

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La dificultad a la que tuvo que enfrentarse Murch, que trabajaba de pie durante horas y horas en la sala de montaje, no solo se remitió a la inconmensurabilidad de la película, sino que fue más allá de su propio peso: cambiar fragmentos de sonido porque Marlon Brando quiso adoptar otro nombre al de su personaje (Kurtz) al principio del rodaje, construir –que no editar– las partes auditivas de las imágenes cuando éstas estaban en blanco y negro e, incluso, llamar a verdaderos soldados que sirvieron en la Guerra para hacer algunos de los cortes que suenan tras la majestuosa escena de la inolvidable ‘Cabalgata de las Valquirias’.

Desde luego, ni Murch ni Coppola lo pasaron realmente bien. El segundo hipotecó su casa y estuvo a punto de tirar la toalla cuando varios de sus decorados desaparecieron durante el rodaje por el tifón Olga. La postproducción fue un jaleo y el rodaje pasó a ser el más caótico de la historia del cine…pero todo lo que estaba detrás de ese título que medio mundo pronuncia mal consiguió llevarla a lo más alto del medio y fue gracias al constante y mutuo empujón entre algunos como el citado Murch, Carmine Coppola –padre del director y compositor de la banda sonora– y Vittorio Storaro, director de fotografía que también se alzó con la preciada estatuilla el mismo año que se estrenó otro peliculón, ‘Alien: El Octavo Pasajero’ (Ridley Scott, 1979).

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Es precisamente en estas dos personalidades en quienes también tengo la intención de dar un toque a los lectores. Por un lado, Carmine Coppola, autor de una sucesión de escalofríos escuchados en mitad de la selva, húmeda y agobiante. Coppola padre es capaz de juntar The Doors con la famosa Cabalgata de las Valquirias, Morrison con Wagner, sexo e hipnotismo. Indudablemente, llega a dibujar una de las escenas más famosas de la historia del cine, de esas que te encogen el corazón hasta que algunos de los helicópteros dejan de bombardear el poblado vietnamita.

La genialidad de esta excitante escena no solo se debe a la magnífica elección de la composición que lo acompaña sino, más bien, a la construcción de sus planos. La acción comienza con una decena de helicópteros que forman la coreografía de la muerte prácticamente inmutables ante la fuerza de las olas que se arrastran por debajo de ellos. En esas aguas azules se reflejan, pareciendo que existen más de los que hemos visto en un primer momento. Una vez llegan a sobrevolar el poblado, el color naranja de las explosiones invade los militares tonos verdes de la calma.

Sin embargo, la sensación de desorden y desconcierto no solo se restringe a sus imágenes sino que llega a nuestros oídos en forma de gritos, disparos, detonaciones y retransmisiones, montadas unas sobre otras para llenar por completo el plano sonoro. Para ello, Murch grabó individualmente cada uno de estos elementos: voces, pasos y bombazos que surgieron en escenarios abiertos en lugar de estudios de grabación. Por un lado, reunió a algunos compañeros para que corrieran en círculos a su alrededor y gritaran con el objetivo de recoger las diferentes dimensiones de los ruidos. Por otro, llamó a verdaderos soldados de guerra para que pronunciaran las directrices exactas que dirían al sobrevolar las zonas de guerra.

Por estos y muchos otros motivos se consiguió llegar al principal objetivo del director, ya que ‘Apocalypse Now’ no era otra cosa diferente a la verdadera guerra de Vietnam. Además de por la labor de Carmine Coppola y el mencionado Walter Murch, Francis contaba con la participación de Vittorio Storaro. El autor de los colores naranjas, rojos, amarillos y negros. De su imaginería nacen las imágenes de grandes películas como ‘El último emperador’ (1987), ‘El cielo protector’ (1990) y ‘Café Society’ (2016).

Solo un director de fotografía como Storaro, que recibió el otro Oscar de ‘Apocalypse Now’ podría hacer sentir al espectador que se encuentra en los países de la guerra, poder sentir sus olores, el calor y el agobio de la selva, el sudor de la gente que muere y la saciedad de la que mata. Es tal la capacidad de implicación del que recibe sus imágenes que da de sí mismo algo más que interés por dejarse deslumbrar por ellas. El italiano cautiva desde el principio hasta el final de la película. Porque en la primera escena, donde Jim Morrison empieza a formar parte de la personalidad del propio protagonista, Martin Sheen se representa a sí sumido en un profundo caos ocasionado por la droga mientras que en la escena final, cuando por fin llega a su objetivo, al Coronel Kurtz, es sumiso de su propia turbación.

El LSD deja de ser el principal alucinógeno del personaje, que encuentra en la paranoia su mejor narcótico, a pesar de que es una orden. Esta misma premisa fue la que propuso el señor Coppola durante la planificación de lo imposible de trazar. Al final, todos se dejaron llevar por lo que sucedía ante sus ojos, crearon su propio conflicto bélico con lo que tenían y dejaron de poseer que lo habían organizado. En definitiva, se desentendieron de lo que no era la película y, por este motivo, fueron creadores y testigos de la mejor película de la guerra de Vietnam.

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